sábado, 6 de julio de 2013

Una explicación plausible

Y en un momento determinado, un desgraciado pueblo, huyendo sólo Dios sabe de qué salvajes atrocidades, llegó a las orillas de una bahía somera en la que un mar parduzco y salobre, bajo un cielo plomizo, zarandeaba mansamente los limos de la playa. Eran los greifswalditas, aunque en aquellos tiempos probablemente tendrían algún otro nombre. Tras atravesar el verdor de la gran llanura europea, su fuga había dado con un obstaculo que no podrían superar: el mar Báltico. Agotados, ya sin ninguna esperanza, decidieron morir con dignidad. Ya no huirían más. Acamparían allí una última noche, masticando cabizbajos y en silencio sus postreras reservas de harina y col agría, y, aun sabiéndose seguros perdedores, afrontarían a sus enemigos a la mañana siguiente. Se dice que arrojaron a sus hijos más pequeños, aquellos que no podían empuñar ninguna arma, a las oscuras aguas del mar nocturno, para evitar que viviesen sojuzgados tras la derrota.

Al romper el alba, una densa bruma envolvía la bahía, y los greifswalditas se dispusieron para la batalla. Afilaron sus espadas y sus palos, tensaron sus arcos y se ajustaron sus groseras armaduras de cuero y pieles. En la niebla, bajo un lluvia finísima, entonaron todos juntos una última canción, compuesta aquella misma noche, una canción que hablaba de un pueblo noble y orgulloso al que los dioses mil veces dieron la espalda. Siguieron rabiosos gritos de guerra, brotando de corazones enardecidos. Llegaron a estar tan preparados para la muerte que, por un segundo, llegaron a creer en la victoria.

Pero el enemigo jamás llegó. Ni aquel día, ni ningún otro. La muerte, tan ansiada, tampoco hizo acto de presencia. Pero el miedo nunca se fue, el miedo se quedó para siempre con ellos, en estado puro. Miedo a vivir. Y atadas al recuerdo de sus hijos inútilmente ahogados, aquellas gentes decidieron asentarse junto a la bahía para cumplir una penitencia cruel que, aun hoy, está grabada con runas de pesar y descontento en sus ojos, con los que miran desconfiados hacia el sur y anhelantes hacia el norte, silenciosos y tristes hacia las frías profundidades del mar.

domingo, 12 de mayo de 2013

Cosas que hacer en Greifswald cuando (aún no) estás muerto

Después del invierno más oscuro en Alemania en los últimos 43 años, según los servicios meteorológicos locales (como de costumbre, allí donde voy me siguen la fortuna y el jolgorio), con nieve helada en las calles de manera casi ininterrumpida desde el 6 de diciembre hasta la tercera semana de abril, tres días de sol entre enero y febrero y un traicionero atisbo primaveral durante la primera semana de marzo, parece que el buen tiempo ha hecho al fin acto de presencia en Greifswald, la joya del Báltico. Ha tardado bastante, yo diría que la cosa no estaba clara hasta la última semana de abril. Pero finalmente ha ocurrido, y los Greifswalditas asoman por fin el hocico fuera de sus cubiles, a la búsqueda gozosa de las trazas de vitamina D que requerirán para poder satisfacer sus necesidades fisiológicas más fundamentales.

Siempre pensé que el verano aquí podía resultar prometedor y no puedo sino confirmarlo. Todos esos palitos siniestros que asomaban entre la nieve como picas a la espera de cabezas han resultado ser árboles, y reverdecen ahora bajo nubes, claros y chaparrones primaverales. Para que os hagais una idea, se respira un ambiente similar al que pueda haber en Asturias o Cantabria, más o menos. Hablo de los estrictamente climatológico, por decontado. Greifswald sigue siendo un sitio, siendo generosos, mortalmente aburrido. No obstante, con el buen tiempo la oferta y posibilidades han aumentado considerablemente, así como las ganas de hacer algo que no consista simplemente en refugiarte en tu madriguera y rezar porque los zombis pasen de largo ante tu puerta una noche más. Ahora recorro  la ciudad en una bici que compré a una compañera española que finalizaba su estancia aquí, y sólo espero que alguien se lleve el cacho de mierda oxidada y sin frenos con el que me estafaron al llegar. Mi nuevo vehículo es chiquitín, coquetuelo, y cuenta con una cestita en el manillar, lo que me hace sentirme como una solterona menopaúsica británica cualquiera, pedaleando mientras toco el timbre sin otro objeto que expresar mi felicidad. Es estupendo. Je.

Hace unas semanas fui invitado a  acudir a un concierto (rollo Nirvana, me dijeron, y he decir que no mentían) en un sótano que tiene habilitado para ese tipo de eventos en uno de los restaurantes más populares de la ciudad. Nunca he sido demasiado devoto del grunge, la verdad, pero como bien me dijo el compañero que me lo ofreció "Quién sabe cuando tendremos otra oportunidad así en Greifswald". Así que acepté, más con ánimo de documentar el comportamiento de los nativos que espoleado por las esperanzas, bastante escasas, depositadas en la actuación.

El primer punto a favor del evento es que no permitían fumar en el recinto. Ya desde mis días en Berlín me resultó enormemente enojoso el comprobar que en Alemania se permite fumar en la mayoría de locales nocturnos, y como en España me he acostumbrado muy mal y muy deprisa a no tener que aspirar humo pasivamente, este  hecho supone, por si solo, un excelente motivo para no salir de mi guarida por las noches.

La verdad es que no sé cómo engañaron al grupo para venir, no porque me gustase (que no me gustó demasiado, para qué engañarnos), sino porque al parecer tienen cierta relevancia en el panorama actual del grunge; han editado un par de discos de acabado profesional y entre sus destinos durante la gira uno podía leer los nombres de Paris, Berlín, Dusseldorf, Londres... y Greifswald. Dios sabrá por qué.  Aquí podeis contemplarlos en plenitud:

http://www.youtube.com/watch?v=BA-CeKGzET8

http://www.youtube.com/watch?v=3w9hcHAV2Io

Y entonces, entre la oscuridad y el ruido, los caminos de la improbabilidad se cruzaron y aconteció lo impensable: en un momento determinado de apoteosis musical, no recuerdo la canción (entre otras cosas porque todas sonaban muy parecidas), el batería arrojó una baqueta hacia los ochenta y pico hijos del rock´n´roll de Greifswald que, enfervorecidos, trataban de caldear el lánguido ambiente de aquel sotano digno de albergar a la progenie del monstruo de Amstetten. Uno de los asistentes (y no uno cualquiera, sino uno especialmente lanzadillo que incluso había subido con anterioridad al escenario para canturrear un tema) recogió la baqueta a sus pies y la miró con incredulidad. Cual no sería mi sorpresa cuando al finalizar el tema, el greifswaldita se acercó la escenario con el propósito de devolver el palito al atónito percusionista, que se vió obligado a explicarle que se trataba de un regalo, de un recuerdo. Se me encogió el alma ante la imagen, la verdad. Y eso que el tipo estaba borracho.

domingo, 24 de marzo de 2013

Normas y pagos



En la última entrega de esta bitácora, hace ya más tiempo del debido, os informaba de que había recibido una cartita en la que la institución alemana de turno me instaba a pagar por el disfrute de las emisiones televisivas y radiofónicas en este país. Por aquel entonces no sabía todavía bien a qué demonios me enfrentaba, porque una buena parte del contenido de la carta me resultaba indescifrable. Ahora, y con la ayuda de mi compañero de oficina, Mark (un tipo realmente encantador), estoy en disposición de revelaros el aterrador contenido de la misiva, que de algún modo refleja la filosofía administrativa de este país.

En primer lugar, hay obligación de pagar en casi cualquier circunstancia. Por ejemplo, la carta especifica que sólo en caso de ser ciego y sordo puede uno librarse del pago (unos 200 euros anuales, cantidad que considero sustancial en especial porque sólo cubre los canales de la televisión pública, por si no lo dije la última vez). En el caso de que uno no tenga tanta suerte y sea ciego o sordo, le toca abonar un tercio de la cuota, por aquello de que podría estar escuchando la radio (sin verla, jeje) o viendo la televisión sin oírla. El hecho de que uno no tenga televisión o radio en casa es irrelevante, así como el hecho de que no tenga ni siquiera instalada la conexión para una televisión. Se presupone que siempre podrías tener contratado algún formato de internet vía satélite a través de cual podrías estar accediendo a las emisiones, de modo que por lo que se paga es puramente por vivir en un piso. Esto constituye un avance con respecto a la anterior ley, en la que te cobraban por el hecho de tener una radio en el coche. Ahora ya lo del coche les da igual. El caso es que vivas en un piso. Por supuesto, y para evitar cualquier tipo de ambigüedad, la carta incluye una pormenorizada definición de qué es un piso: al parecer, debe tener un mínimo de cuatro paredes y estar techado, así como no poder moverse (no estoy de broma). En el caso de que pueda moverse la cosa depende de la legislación de cada estado, en función de que sea obligatorio o no tener tu casa móvil registrada como vivienda. En cuanto a las opciones de pago, son tan variadas y terriblemente ambiguas en sus planteamientos que ni entre dos alemanes de edades y sexos distintos fueron capaces de entender todas ellas. Eso sí, me han dicho que si no pago los agentes de la televisión alemana pueden venir a acosarte y que incluso rebuscan entre tu basura en busca de revistas de programación que evidencien que haces uso del servicio (al contrario que en España, esas revistas aquí son enormemente populares y sus variadas y coloristas portadas, en las que luce siempre una mujer risueña y despampanante, atestan las estanterías próximas a las cajas registradoras de los supermercados). Así que he decidido pagar, no vaya a ser que saque la varita más corta y me sacrifiquen en plaza pública para dar ejemplo.

Simultáneamente, y a través de mi relación con los estudiantes de prácticas que han empezado a rotar por el laboratorio, me entero en los últimos días de que en una buena parte de la universidades públicas alemanas la enseñanza es completamente gratuita o casi. En las que hay que pagar (esto depende del estado en el que uno viva), el coste es bastante modesto, de unos 500 euros por semestre. Por ejemplo, en la Universidad de Greifswald el coste es cero, lo que unido a las ayudas para la vivienda para los estudiantes (sólo hay que devolver la mitad del dinero en los cinco años siguientes a la finalización de los estudios) y los bonos de transporte, hace que en la práctica se pueda decir que en muchos sitios te pagan por estudiar. En España pagar un buen pico por crédito en la universidad pública es lo más natural del mundo… pero por lo de la radio y televisión pasaríamos sólo con los pies por delante. Casi puedo imaginar las manifestaciones y el caos en las calles, la violencia inusitada que un acto recaudatorio así desataría en mi país. Y aquí la medida del pago televisivo no ha gustado nada, que conste, pero si algo define a los alemanes es su profunda resignación ante las normativas y los órdenes jerárquicos.

Por otro lado, esta semana he tenido una reunión de la fundación Alexander von Humboldt, que es quien me paga. Os hablaré pronto del evento, que ha tenido lugar en Hannover y calificaría en líneas generales de agradable y satisfactorio. También me ha servido para sacar algunas conclusiones. Hablaremos del tema.

domingo, 24 de febrero de 2013

Profundizando en las diferencias culturales



Y después de la última entrada de esta bitácora, va el Papa y abdica. Me lo ha dejado a huevo, hablando pronto y mal: si el Papa ha encontrado la dignidad necesaria dejarlo (sea por H o por B), que no os quepa ninguna duda de qué es porque es alemán. De hecho, hasta donde alcanza mi memoria el único rey español que abdicó por las buenas  y en condiciones (Carlos I), también era en buena medida alemán. Qué cosas.

Esta semana me la he pasado dando clases prácticas a los alumnos de bioquímica de último curso. Me las endosaron hace unas semanas y no tengo ni idea de si voy a recibir algún tipo de reconocimiento lectivo oficial, pero bueno. Casi todo el mundo en el laboratorio participa, y yo no iba a ser el recién llegado disidente, así que al tajo. Además, pese a los tedioso del protocolo que me ha tocado desarrollar con los diferentes grupos de alumnos durante cuatro días seguidos (una transferencia de Western consiste en estar tres horas trabajando y otras cuatro con los brazos cruzados esperando por esto o aquello), me ha servido para calibrar diversas características del sistema educativo y del carácter de los estudiantes alemanes.

Cuando yo daba prácticas en España, me colocaban entre 25 y 30 chavales por clase para mí solito, a veces en sesiones dobles el mismo día. Por supuesto, la mayoría de las veces sin ningún apoyo. Sólo el primer año las impartí junto con mi entrañable compañero Fernandito. Aquí he tenido cada día entre cinco y seis alumnos, lo que quiere decir que habrán pasado ante mis ojos unos veintitantos. El primer punto que ha hecho esta experiencia algo diferente es, por supuesto, el idioma. Como obviamente no estoy como para dar clase en alemán (pese a mis tímidos progresos), pues me vi obligado a darles las explicaciones en inglés. De los veintitantos, sólo dos tenían problemas para comprenderme, y sus compañeros les traducían al alemán con cariño, paciencia y en tiempo real. La comparación con lo que habría sucedido en una universidad española me resulta escalofriante.

Además, he de añadir que, siendo el protocolo que nos tocó desarrollar un verdadero coñazo, y que implicaba que se quedasen una hora y pico A MAYORES el día previo, no he visto ni una mala cara ni escuchado un solo reproche. Por supuesto unos era más habilidosos, otros más torpes, otros mostraban mayor interés y otros menos ganas, como en todos los lados. Sus conocimientos teóricos no eran lo que se dice deslumbrantes en muchos casos. El aspecto de muchos era sumamente gracioso, en un par de casos inquietante (había uno despigmentado y con gafas ahumadas redonditas que parecía sacado de una película de Indiana Jones), pero todos han sido exquisitamente simpáticos, educados y respetuosos. En España nunca faltan tres o cuatro tocahuevos por grupo de prácticas, que enrarecen el ambiente y te incitan a la violencia. O algún inadaptado que no acepta su condición natural de marginado y trata de compensarlo haciendo gracias sin sentido todavía a los veinte años (la mayoría de los inadaptados nos damos cuenta de que esa táctica no tiene sentido hacia los catorce). Aquí no. Todo era buenos días y hasta mañana, por favor y gracias. Había uno con pinta de chulo de putas y cara de zoquete genético en otro grupo, pero no me ha tocado comprobar sus habilidades. En España hubiese sido el sex symbol de la clase, por descontado.

Como contraste, para que no os creáis que vivo en Jauja, tengo una nueva remesa de cosas malas de Alemania: he recibido una cartita en la que me comunican que por habitar un piso aquí y ser mayor de edad, y en virtud de una nueva ley, me toca abonar entre 80 y 200 euros anuales a cambio del privilegio de poder usar (si quisiese, cosa que no ocurre) la televisión y radio públicas alemanas, supongo que con el objeto de poder sufragar los gastos que generarán los Grandes Hermanos locales y esa clase de gilipolleces. En fin. Además, siguiendo con mi tradicional buena suerte, he caído constipado durante las prácticas.  Dado que (muy amablemente, eso sí) el farmacéutico se negó rotundamente a venderme el equivalente alemán del Frenadol®, obligándome a adquirir un espray nasal que no me ha funcionado demasiado bien y unos caramelos de eucalipto ahora desautorizados por mis padres a favor de los de miel, he dado las prácticas en medio de ataques de tos, carraspeos y estornudos, por no decir que me temo en algunos momentos los mocos me llegaban hasta la ingles. También me dijo que bebiese mucha agua, por cierto. Que Dios le guarde.

domingo, 10 de febrero de 2013

Y la mujer del César era alemana!!!



Y anteayer, tras algunas semanas de escarnio público, dimes y diretes -que se iniciaron nada más y nada menos que en una acusación anónima a través de un blog en internet-, Annette Schavan, la señora ministra de educación de Alemania, anunció su dimisión al serle retirado el grado académico de Doctor a causa del plagio de su tesis, presentada en 1980. A dos mil y pico kilómetros de Berlín, en Madrid, ya sabemos todos lo que se cuece. El olorcillo del guiso es inconfundible. Como casi todo lo que cocinamos en España, es mucho más sabroso.

Durante la comparecencia con Merkel, se esgrimió como argumento para refrendar la renuncia a un cargo tan jugosote ya no la culpabilidad de la señora en cuestión (parece ser que hay tomate, pero el asunto está recurrido en los tribunales), sino el hecho de que las meras sospechas que recaen sobre ella la deslegitimaban para ejercerlo. Es importante incidir en el hecho de que la señora esta no se enfrenta a ningún tipo de proceso penal por el plagio, es decir, no ha cometido un delito. Y además es digno de resaltar los hechos (patéticos y deleznables, en cualquier caso) tuvieron lugar hace la friolera de 33 añitos. Vamos, en España a los 33 años ha prescrito hasta el canibalismo infantil familiar, teniendo en cuenta que en unos meses los asesinos de las niñas de Alcasser podrán ir a contar su historia a Telecinco sin ningún miedo, si es que con esto de la crisis necesitan sacarse unos durillos.  En resumidas cuentas, esta señora ha dimitido por una mera y simple cuestión honorabilidad. Como aquello de la mujer del César. Es mirar los periódicos españoles y juro por Dios que me pongo verde de envidia. 

En el caso de España, sólo cuando la última instancia confirma tras años de proceso judicial que sí, macho, que te lo estabas llevando en carretilla y lo tenemos grabado en vídeo, y sólo si el asuntillo no ha prescrito, entonces el personaje de turno hace lo más parecido a dimitir que puede hacer un político español: pone su cargo a disposición del partido.  Y es muy interesante, porque siempre lo hace para “no perjudicar a sus compañeros”. Cojonudo. Cómo si sólo importase eso. Y jamás dicen algo que por aquí siempre dicen en estos casos: aquí en Alemania cuando pasa algo así se declaran “avergonzados”. En España no queda ni vergüenza, ni honor, ni nada por el estilo. Adónde fueron a parar es un misterio, porque no me cabe duda alguna de que se trata de atributos propios de la naturaleza humana.

Aunque personalmente el punto que más me fascina de todo esto es las narices que le ha echado a todo esto la Universidad de Dusseldorf, que no se ha achantado ni lo más mínimo a la hora de retirar un título expedido hace  33 añitos, después de comprobar datos aparecidos en un blog anónimo y culminar una investigación que en última instancia le ha costado el puesto a una ministra (de Educación, para más inri). Vamos, en España se echa tierra sobre el asunto en menos de lo que un profesor titular se toma cuatro cafés, a alguien le sacan una plaza de funcionario y si te he visto no me acuerdo.  Como está mandado.

Y ojo, que en Alemania distan mucho de ser perfectos. Aquí también se toca los huevos unos cuantos, y hacen impunes sus crucigramas a la luz de los fluorescentes (a falta de solillo). Pero igual son un 25 % y no un 35 % como en mi patria, y quizás en ese 10 %, fríamente calculado por las mentes teutonas, se halle el umbral de la sostenibilidad económica e institucional de un país. Y además, se tocan los huevos de manera puntual, regular y en su puesto de trabajo. Las tasas de escaqueo en casita son mínimas.  Me viene ahora mismo a la cabeza el caso de un funcionario alemán que después de jubilarse hace dos o tres años hizo público que durante los últimos 40 años en el ayuntamiento no había hecho absolutamente nada. El hombre quería así denunciar a toro pasado la falta de eficacia de la administración alemana. La respuesta de la  alcaldía me llegó al alma: estaban muy decepcionados, porque si en verdad aquel hombre no había tenido trabajo durante aquellos años, lo que ellos esperaban de él es que se lo hubiese comunicado, para así poder asignarle alguna tarea. Un abismo cultural nos separa.

sábado, 26 de enero de 2013

Cayendo en los viejos vicios



Tras el manifiesto éxito de la “Operación Patria” llevada a cabo durante estas navidades, he regresado a Greifswald portando un considerable alijo de legumbres y embutidos que espero garanticen mi supervivencia hasta una nueva incursión en territorio español. A mi regreso a la joya del Báltico he encontrado temperaturas mucho más suaves de lo esperado; al igual que en la submeseta norte española, durante las festividades navideñas aquí han tan gozado hasta diez graditos, con lo que toda la nieve caída durante diciembre ha desaparecido en contra de todos los pronósticos de mis compañeros de laboratorio. Después ha caído algo más, pero en cualquier caso nada del otro jueves y sin haber desembocado en mayores problemas logísticos. Los zombis tendrán que esperar un poco más. Tampoco creáis que con el deshielo los greifswalditas hayan podido sentirse empujados salir de sus casas, porque años de desgracias los han hecho cautos y ni siquiera han osado asomar la nariz.  Aunque el frío no es excesivo, los días siguen siendo igual de cortos y la pobre iluminación de la ciudad (la diferencia con el alumbrado público propio de la dilapidación de los erarios públicos españoles es abrumadora) no invita a garbeos vespertinos. Hay una farola de baja potencia cada muchos metros, y las calles están sumergidas en la penumbra, hasta el punto de que un nuevo producto ha irrumpido en el mercado de los dueños de perros: el collar de diodos, un siniestro artefacto con lucecitas titilantes, por lo general rojas, que permite que no pierdas de vista a tu mascota cuando paseas por los oscuros parques de la ciudades alemanas a partir de las cuatro de la tarde. Digo que es siniestro porque tiene toda la pinta de incorporar un llavero con un botón que el dueño podría apretar para volarle la cabeza al chucho en caso de un comportamiento inadecuado (o no ejemplar, como el de nuestro querido Duque de Palma). Como representante de una cultura superior e inmensamente endeudada, no puedo sino sentir una extraña mezcla de lástima y profunda admiración por la voluntad de esta gente para pagar con una vida más triste la sostenibilidad de sus cuentas públicas.

El trabajo duro ha comenzado en el laboratorio, y la terrible dispersión de los materiales y equipos de trabajo a lo largo y ancho de las tres plantas del Instituto de Bioquímica convierte cada jornada en una especia de yincana en la que uno corre constantemente el riesgo de olvidarse cosas y deambular por los pasillos a ida y vuelta cual pollo sin cabeza. Paralelamente, la inmensa cantidad de reuniones, seminarios y demás eventos hace de la organización semanal  del trabajo una suerte de carrera de obstáculos que desgasta la mente casi tanto como las escaleras tornean mis poderosos muslos. Realmente los días dan poco de sí, y eso significa que, como de costumbre, me estoy viendo obligado a ir alargando poco a poco mi jornada laboral con el fin de avanzar con el proyecto. Cuando tenga novedades al respecto, os lo haré saber. La cuestión es que llega uno a casa a las siete o las ocho de la tarde, tres o cuatro horas tras la puesta de sol, y sin demasiadas ganas de jolgorio. Gracias a Dios estoy consiguiendo minimizar mi vida social y entregarme de manera libre, gozosa y autodestructiva a los videojuegos. Creí que no podría reengancharme a esta mierda, después de unos cuantos años de inactividad. Pero gracias al Todopoderoso, me equivocaba. El jaco es lo que tiene; no conoce el orgullo y siempre concede una segunda oportunidad a quienes un día le dieron la espalda. Además, mi conexión a internet (incluida en el precio de mi alquiler) ha demostrado holgura y velocidad más que suficientes para poder relacionarme con mis amigos burgaleses de toda la vida de la única forma en la que realmente nos sentimos hermanados: matándonos a tiros entre nosotros, o alojando plomo virtual en la cabeza de algún enemigo común. Puede que la tecnología hipotecase nuestras relaciones sociales en su día, pero qué duda cabe de que ha salvado nuestras almas de niños violentos que de cuando fuesen mayores sólo querían hacer justicia sin luz ni taquígrafos. Hace tres o cuatro años, uno de ellos me decía “Tío, creo que aún estoy un poco verde; muchas noches, al meterme a la cama, me quedo mirando el techo en la oscuridad y me doy cuenta de que lo único que de verdad quiero ser es un superhéroe”.

Bendita inocencia.